Por Redacción de El Comercio de Colorado

Cuando Bad Bunny llevó los ritmos de su disco Debí tirar más fotos al escenario del Super Bowl, no solo encendió uno de los espectáculos más vistos del planeta. También colocó en primer plano un sonido profundamente puertorriqueño como lo es la plena. Para millones de espectadores fue una celebración vibrante; para la diáspora boricua en Estados Unidos, fue un momento de afirmación cultural. Y en Colorado, ese eco encontró respuesta inmediata. En Denver, un grupo de músicos se dedica a cultivar precisamente ese ritmo tradicional.

Se llaman “Vale la Plena” y son, hasta donde se conoce, el único conjunto enfocado formalmente en folclor puertorriqueño en el estado. Su fundador y director, Miguel Ángel Soldevila Mercado, vio en la presentación de Bad Bunny una validación histórica. “Es impresionante ver que ritmos que no estamos acostumbrados a escuchar internacionalmente ahora se difundan en un escenario como el Super Bowl”, afirma Soldevila. “La plena siempre ha estado viva en Puerto Rico, pero ahora el mundo la está escuchando”.

¿Qué es la plena?

Para quienes la descubrieron recientemente, la plena es mucho más que un ritmo pegajoso. Nacida a inicios del siglo XX en comunidades afrocaribeñas de Puerto Rico, es un género musical y también un baile tradicional. Se interpreta con panderos (o panderetas), güiro y voz, en un formato de coro y respuesta que invita a la participación colectiva. “La plena es cultura y unión familiar”, explica Soldevila. “Cuenta historias y noticias comunitarias; refleja el diario vivir del pueblo. Es identidad”.

En Puerto Rico, la plena suena en plazas, festivales, parrandas, celebraciones comunitarias y proyectos culturales. Se preserva y se enseña en talleres para nuevas generaciones, pero también se reinventa. No es una reliquia estática. Ese equilibrio entre autenticidad y modernidad fue clave en la apuesta de Bad Bunny. Al incorporar agrupaciones tradicionales como Los Pleneros de la Cresta, reconocidos por su estilo auténtico y su fidelidad a la vestimenta, el artista logró tender un puente entre el folclor y el pop global.

“Conectan la música moderna con las raíces culturales”, dice Soldevila. “Eso ayuda a visibilizar nuestra identidad como puertorriqueños”.

De San Juan a Denver

Miguel Ángel Soldevila Mercado nació y creció en Puerto Rico, entre San Juan, Cupey y Trujillo Alto. Desde joven se formó musicalmente, especializándose en guitarra y voz. Su carrera incluyó la enseñanza en colegios privados y escuelas públicas, además de dirigir orquestas, bandas de concierto y coros infantiles y de adultos. Esa vocación pedagógica es central en su identidad artística. Para Soldevila, la música no es solo entretenimiento, sino herramienta de transformación social.

Habla de justicia social, de acceso a la educación musical y de construir comunidades agradecidas, compasivas y respetuosas a través del arte. Al establecerse en Colorado, notó la ausencia de un proyecto organizado que representara los ritmos tradicionales puertorriqueños. De encuentros informales con otros músicos surgió la idea de crear algo más estructurado. Así nació “Vale la Plena”.

El grupo está integrado por Wilson Andrés (trombón), Joan Marcano (pandero puntero), Luis Alejandro (pandero seguidor), Tomás Bello (güiro y voz) y el propio Soldevila en el pandero requinto y la voz. Juntos interpretan la plena en escenarios locales, festivales culturales y eventos comunitarios, llevando un pedazo de la isla al corazón de las Montañas Rocosas.

Orgullo y representación

La participación de Bad Bunny en el Super Bowl fue, para muchos boricuas, un acto de representación en un espacio históricamente dominado por el mercado anglosajón. Que lo hiciera en español, con frases coloquiales y con ritmos tradicionales, amplificó ese significado. “Puerto Rico es una isla pequeña, pero con una riqueza musical enorme”, reflexiona Soldevila. “Ver esa cultura representada en un evento así fue motivo de agradecimiento y orgullo”.

Para los jóvenes latinos en Colorado, de ascendencia puertorriqueña, y para latinos de otros orígenes, ver a Bad Bunny abrazar lo boricua en el escenario más grande del país y luego encontrarse con la plena en un festival local crea una continuidad simbólica. Como escriben en un artículo reciente Camilo Pérez y Vladimir Márquez, ambos docentes en Regis University, el gesto de cantar mayoritariamente en español “quiebra décadas de presión por encajar a costa de borrar acentos, palabras y memorias”. Esa ruptura no es menor.

Ese sentimiento puede tener otros impactos, según explican Pérez y Márquez, expertos en estudios culturales. Descubrir la plena en un escenario global puede convertirse en una puerta de entrada a explorar sus propias raíces. Ahí radica el valor pedagógico de iniciativas como “Vale la Plena”. No se trata solo de tocar música, sino de explicar su historia, su contexto y su carga emocional. Cada presentación es también una clase viva sobre identidad y memoria colectiva.

Tradición que se reinventa

En Puerto Rico, la plena no ha desaparecido. Sigue fuerte en festivales de bomba y plena, en proyectos comunitarios y en nuevas agrupaciones que la reinterpretan. Esa vitalidad demuestra que la tradición no es sinónimo de pasado, sino de continuidad. Lo que ocurrió en el Super Bowl fue un recordatorio de que los sonidos locales pueden dialogar con audiencias globales sin perder su esencia. Para los músicos de Colorado, fue además un impulso. “Siento que la cultura puertorriqueña resiste y se proyecta al mundo”, dice Soldevila.

Desde Denver, “Vale la Plena” late al ritmo de panderos y coros, demostrando que la identidad no conoce fronteras geográficas. Entre estadios multitudinarios y escenarios comunitarios, la plena sigue contando historias. Porque si algo demostró aquella noche es que la identidad no necesita traducción. Como en la canción, basta con compartir el ritmo: por la mañana café… y por la tarde, ron.


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