Por Janette Villafana / La Opinión
De jueves a domingo, Alma Rosa Velázquez y su nieta, Rosemary Huerta, atienden con entusiasmo y alegría a sus clientes en La Casita Rosita, un negocio familiar en el sur de Los Ángeles. Pero desde que las redadas de inmigración azotaron a las comunidades aledañas, las mujeres han unido esfuerzos y piden apoyo a la comunidad para intentar salvar su negocio.
“Hemos tratado de sobrevivir a los malos momentos. Antes teníamos lleno aquí, pero poco a poco la gente ya no venía por miedo”, dijo Velázquez, que se encarga de preparar los deliciosos tacos de birria y los minipancakes con fruta que ofrecen en el local.
La emprendedora explica que el impacto de los operativos de ICE se sintió casi de inmediato. “Rápido se notó la diferencia; unos solo vienen por la tarde porque se sienten más seguros”, indicó.
De acuerdo con la mujer de 58 años, en un día normal solían ganar $100, pero desde hace unos meses, cuando «La Migra» llegó al sur de California, las ganancias se han reducido a unos $10 o $20 diarios.
Mujer luchadora, a pesar de las dificultades
Con la personalidad optimista y alegre que siempre la ha caracterizado y con una orden de tacos en sus manos, Velázquez tiene la esperanza de que su negocio sobreviva a esta etapa oscura que atraviesan los latinos como comunidad.
Este desafío no es el primero que enfrenta. La vida ya le ha dado fuertes lecciones que le han enseñado a no darse por vencida luego de que su hijo falleciera hace algunos años. Desde entonces se ganó el apodo de «Mujer Maravilla».
“Él siempre me decía que era la Mujer Maravilla y entonces quise seguir demostrándole que sí podía seguir adelante”, afirma Velázquez. “Cuando siento que ya me voy a caer, me digo ‘no, tenemos que seguir echándole ganas porque eres la Mujer Maravilla’”.
Negocios latinos que inspiran
La Casita Rosita (ubicada en 5880 Compton Ave. en Los Ángeles) es un local pequeño, pero muy acogedor. Está lleno de color con dibujos de vaquitas y aromas de comida casera y, lo más importante, es el sueño cumplido de Velázquez tras crear varios negocios a lo largo de los años.
Adentro de su casita rosita, como es conocida por los llamativos tonos de las paredes, y lo que la distingue de los demás, encontrarás su taquería y su tienda de artesanías mexicanas.
En la taquería tienen dos menús: uno de comida casera, como su birria, tacos dorados de papa, enchiladas y desayunos, y el otro es un menú de postres que incluye minipancakes, crepas y nieves.
Al entrar puedes elegir mesa y disfrutar de telenovelas que transmiten nostalgia en la televisión. Por las tardes encontrarás a Velázquez junto a sus clientes disfrutando de la comida y cantando canciones en karaoke, lo que crea un ambiente acogedor y familiar.
“Aquí está uno a gusto”, dijo Maricela, una clienta que disfrutaba de una nieve de chocolate Dubái, mientras descansaba antes de ir a casa. “Ahorita, como está la situación, hay que buscar momentos de felicidad y aquí venimos a olvidar el estrés que cargamos por un ratito, a reírnos, a comer y a convivir como vecinos”, aseguró.
Las redes sociales, una herramienta de apoyo
Su compañero de trabajo, Anselmo, el carpintero que le ayudó a construir los muebles para su negocio, cuenta que con el paso de los años ha visto que situaciones como la pandemia y ahora las redadas han acabado con negocios pequeños como el de Velázquez.
“Las cosas ahorita están muy difíciles y es triste porque todos los que venimos a Estados Unidos venimos con nada, solo con sueños de sacar a nuestras familias adelante”, dijo Anselmo. “Uno lo que siempre ha querido es mantenerse ocupado, trabajando, pero ahorita no es nada fácil”.
Por el momento, Velázquez y su nieta han intentado usar las redes sociales, como TikTok e Instagram, para atraer a nuevos clientes, con la esperanza de que las ventas suban un poco.
Hace unos días, su nieta subió un video a TikTok que llamó la atención de miles de personas.
“Ese domingo vino mucha gente y por ese día se nos acabó todo”, dijo Velázquez, todavía sorprendida de que un video tuviera tanto alcance. “Fue la primera vez que vendimos todo lo que teníamos”.
El negocio es familiar y solo son dos personas las que atienden, por lo tanto, muchas veces, piden a la clientela tener paciencia y les aseguran que la espera valdrá la pena.
“Todo lo que hacemos lo hacemos con mucho amor; eso es lo que nos guía más que el dinero”, afirmó Velázquez. “Le digo a mis clientes que su dinero sí me ayuda, pero me ayuda más su presencia y su convivir con ellos”.



